Los filtros que transforman un rostro en segundos, modifican rasgos o cambian el color de piel parecen inofensivos. Sin embargo, cada vez más especialistas advierten que su uso sostenido afecta la forma en que los chicos y adolescentes perciben su propia imagen corporal.
De acuerdo con la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP), el fenómeno crea una brecha entre lo que se muestra en redes y la imagen real, lo que puede derivar en comparaciones constantes, inseguridades e incluso la búsqueda de intervenciones estéticas tempranas.
Un artículo publicado en el Journal of Adolescent Health señala que los filtros refuerzan estándares de belleza irreales, eliminando con un clic acné, cicatrices, lunares o diferencias en el tono de piel. Este hábito, al repetirse, favorece la insatisfacción corporal, la baja autoestima y conductas de riesgo como dietas extremas o sobreexigencia física.
Entre los hallazgos del estudio se destacan:
El 65% de los adolescentes reconoce usar filtros con frecuencia para mejorar su aspecto.
4 de cada 10 dicen sentirse menos atractivos sin ellos.
Un número significativo admite evitar mostrarse sin edición por miedo a ser juzgado.
Los especialistas identifican este comportamiento como parte de la llamada “dismorfia digital”, un trastorno en el que la autoimagen se construye más a partir de las versiones editadas que de la imagen real frente al espejo.
La SAP sostiene que el acompañamiento adulto es clave. No se trata de prohibir el uso de filtros, sino de enseñar a distinguir entre lo real y lo editado. “Los chicos necesitan referentes que les recuerden que la belleza no está en la perfección digital, sino en la diversidad real”, subrayó la entidad.
Además, remarcan la importancia de incluir la alfabetización digital en la formación escolar, para hablar de autoestima, imagen corporal y consumo consciente de tecnología.
Los especialistas recomiendan:
Acompañar con diálogo y supervisión el uso de redes sociales.
Incentivar actividades fuera de las pantallas, donde se valoren las capacidades más allá de la apariencia.
Visibilizar modelos diversos de belleza en medios y espacios educativos.
Impulsar campañas de concientización sobre los efectos de la edición digital.
En un mundo donde la tecnología forma parte inseparable de la vida cotidiana, el desafío es convivir con los filtros sin que definan la identidad ni la autoestima. Como concluye el Journal of Adolescent Health: el objetivo no es desconectarse, sino reconectar con la imagen real y con la aceptación personal.