En España y en otros países europeos empieza a consolidarse una tendencia que responde al hartazgo generado por el uso constante de pantallas y algoritmos. Aunque los smartphones siguen siendo mayoritarios en la vía pública, cada vez más personas incorporan pequeños hábitos para desconectarse, desde el regreso a los llamados “teléfonos tontos” —dispositivos antiguos que solo permiten hacer llamadas— hasta la vuelta de las cámaras de rollo y los formatos de música física.
Ese giro ya se refleja en los números del mercado tecnológico: la venta de celulares sin acceso a redes ni aplicaciones creció un 200% durante el último año. A esa corriente se suma el rescate de cámaras fotográficas de carrete o modelos digitales antiguos en sitios de compraventa de segunda mano, además de iniciativas en festivales de música, donde se colocan adhesivos sobre las cámaras de los celulares para impedir que el público filme los shows y así viva los recitales de manera más presencial.
Los jóvenes, protagonistas del regreso a lo analógico
Lejos de tratarse de una tendencia impulsada por las generaciones mayores, la desconexión digital gana terreno especialmente entre los más jóvenes. Tras la prohibición del uso de pantallas en distintos ámbitos escolares de Europa, los estudiantes volvieron a privilegiar la charla y el vínculo cara a cara durante los recreos. Esa búsqueda de límites frente a la sobreexposición digital también se tradujo en decisiones institucionales, como la reincorporación de las agendas de papel en el sistema educativo de Italia.
Entre las prácticas más difundidas para combatir la fatiga digital se destaca el llamado “monasterio de fin de semana”, que consiste en apagar el router o guardar los dispositivos en un cajón durante 12 o 24 horas seguidas. De esta manera, frente al desgaste que genera la dependencia de las pantallas, tanto el mercado como los propios usuarios europeos empiezan a redescubrir las dinámicas analógicas como una vía de equilibrio y cuidado de la salud mental.